Por aquel entonces nos dirigíamos hacia un "idílico paraje de la costa valenciana" o al menos eso decía el panfleto en el que el estereotipo de familia feliz te sonreía con cara de idiota. Pero no iba a ser así, ni mucho menos. Aquel año las tormentas de verano conspiraron para concentrarse en nuestra preciada semana de vacaciones. Frecuentes chaparrones a la par que breves, en poco tiempo las nubes descargaban con fuerza toda el agua que pudieran contener. Lo que aparentaba ser el fin del mundo dejaba tras de sí una bonita calma, se agradecía poder respirar aire fresco en pleno mes de agosto. Así pues todo lo que fueran más de dos repentinas trombas de agua el mismo día terminaba por mosquearnos un poco, y más aun si era de noche, pero nada nos iba a dejar sin ganas de pasarlo bien, al menos a mí.
Había sido un duro verano, tras medio fracasar con mis exámenes pase por una oscura etapa con mis amigos de toda la vida, por eso deseaba migrar al camping de una vez por todas, dejando atrás todos los conflictos que me comían la sesera. El momento cumbre llegaría a mitad de semana, cuando me quedé solo en la habitación de la cabaña, aquel cubículo con las paredes más finas que el papel de liar se convirtió en mi ermita por unos cuantos días en los que, de forma frustrante, me colocaba delante de un folio en blanco intentando plasmar algún tipo de sentimiento o reflexión sobre él, aunque todo intento fue en vano.
Tuve la suerte de conocer a mucha gente, y de lo más variada, eso sí, todos éramos buenas personas. La primera noche reflexionaba borracho sobre la insignificancia del individuo, mientras observaba lo que parecía un satélite artificial que recorría el cielo y al pasar cerca de aquella luna con forma de sonrisa una estrella fugaz cruzó entre estos dos. Más concretamente... reflexionaba sobre mi propia insignificancia.
La noche siguiente tocaron fuegos artificiales, un espectáculo eléctrico iluminaba el cielo de forma intermitente mientras una filarmónica de estruendos martilleaba nuestros oídos, estábamos inmersos en la tormenta y algunos rayos cayeron muy cerca de nosotros. Y entonces, solo entonces, fui consciente de la fugacidad de nuestra vida. Pues damos por supuesto que habrá un mañana sin darnos cuenta de la creciente incertidumbre aferrada al tiempo que nos queda. Y me di cuenta de que no solo yo soy insignificante sino todas y cada una de las personas del planeta sin ningún tipo de excepción. Un atragantamiento, un pinchazo en una rueda, un infarto, la picadura de algún animal venenoso, un chispazo, la caída de un rayo, un resbalón desafortunado... son tantas las posibilidades pues la cruda realidad es que es más fácil morir que llegar a vivir, porque no todos llegamos a vivir, sin embargo, inexorablemente, todos terminamos por morir. El fin es inminente, y por eso me tenéis aquí, para animaros a disfrutar, a vivir al máximo lo que nos queda, ya que nunca lo lograremos cuantificar. Y es por esto que os cuento esta estancia que tuve aquel mes de calor y fuertes chubascos, porque aunque no tuviera grandes fiestas y solo tenga unos cuantos recuerdos agradables volví a recuperar mi inspiración y con estas palabras rellené aquella hoja en blanco, aunque de lo que hable este un poco fuera de mi línea.
Dedicado a la gente del camping kivu que tan buenos recuerdos me han dado.
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